Proyecto Marte 2: Mala Bin Dalh

1 año antes que Usha Leber respirara por primera vez el aire de Marte, oficialmente.

Mi viejo JDC6000 sigue dando problemas y yo sigo sin entender la Norma Gryce, que prohíbe cualquier tecnología humana en Marte que no sea estrictamente necesaria para el proceso de terraformación. No añoro la Tierra, pero añoro la tecnología. Hace 40 años que mis bioimplantes no actualizan el software, de hecho, supongo que mi organismo ya los ha reabsorbido. A veces intento dar instrucciones mentalmente, por si pasa algo… pero qué va a pasar si ni mi JDC6000 funciona por control neuronal.

Me pongo melancólica cada vez que se acerca mi cumpleaños. Así que debo recordar que yo decidí seguir en Marte. Cuando se dio por completada mi tarea, hace siete años, podría haber vuelto. Pero me apetecía ver como acababa todo esto. Dentro de un año, oficialmente, el proceso de terraformación se habrá completado. Todos viviremos al aire libre sin escafandras. Me hace ilusión verlo, pero no sé si lo conseguiré. Puede que antes pague el precio de haber respirado el aire de Marte durante 40 años.

El JDC6000 vuelve a funcionar, por suerte. Aun recuerdo cuando lo desmonté pieza a pieza, que escondí dentro del material que me debía acompañar a Marte. Estaba nerviosa por si me descubrían, pero los responsables de aduanas no tenían ni idea qué pinta debían tener mis instrumentos de medición atmosférica y gestión climática. Me había negado a pasar meses aislada en el polo sur marciano sin nadie con quien hablar. Y el JDC, además de ser un excelente analista de datos, es un magnífico conversador gracias a su software de aprendizaje acumulativo, su capacidad para identificar emociones humanas a través de la voz y, lo más importante, ser capaz de responderte de forma adecuada.

Me admira que la tecnología JDC sea de los pocos hallazgos tecnológicos que hoy sigue funcionando de forma casi idéntica a cuando fue diseñado, poco antes de la Era de Marte. A veces he pensado en quien la creó, me imagino a un chico guapo, moreno, en lo que había sido la zona terrícola mediterránea. El chico consiguió, puede que por casualidad, que un ordenador identificara e interpretara las pautas no semánticas del lenguaje oral. Me lo imagino hablando con esa primera unidad JDC, que no sólo lo entendía, sino que lo comprendía.

Sonrío al recordar mi primer invierno austral, que me pasé recomponiendo mi JDC6000. No pude llevarme su carcasa original, y tuve que armarlo dentro de un antiguo comunicador de radiofrecuencia: algo que en la Tierra seria pieza de museo, aquí había estado usándose pocas décadas atrás. La ventaja de ser un antiguo comunicador era su ligereza y la correa de cuero que me permitía colgármelo del cuello, y poder esconderlo fácilmente de las visitas inoportunas. Cuantos paseos entre la nieve hemos vivido, y cuantas noches se ha pasado contándome viejos cuentos terrestres.

El Doctor Leber ha vuelto hoy. Desde que el Gran Coordinador lo ha hecho enlace principal en Marte para preparar la salida oficial al exterior sin soporte vital de aire tiene menos tiempo para visitarme. No sé porqué aun lo llamo Doctor, debe ser en parte por qué el aún me llama Doctora Bin Dalh. Para el resto de la colonia él es Peter, y yo soy Mala, o la loca que vivía en el Sur. Supongo que por qué nos conocimos así, aun en la Tierra, cuando nos preparábamos para venir a Marte. Somos los únicos que sobrevivimos de esa generación de colonos, algunos han muerto, otros volvieron a casa. El echó raíces, cuatro hijos, algún nieto ya. Y yo, yo tengo a JDC.

Doctora, se acabó la paz en Marte. Los terrícolas llegaran pronto. Parece que él haya nacido aquí. Viene a verme andando, en vez de usar los transdeslizadores. Toma notas manuscritas.  Sabe que tengo a JDC, pero disimula. Yo no le cuento a nadie que cuando llega a casa, los dos salimos al patio trasero, sin escafandras. Doctora, usted es tan marciana como yo, pero se aferra al recuerdo de la Tierra. Yo le replico, y tenemos grandes discusiones. Supongo que porqué no podemos discutir con nadie más. Pero tiene razón.

Cuando nos prepararon para venir aquí nos inculcaron que era posible que no volviésemos nunca, y nos debíamos preparar mentalmente para ello. Históricamente había sido cierto que nadie podía volver a la Tierra: preparar naves capaces de ir y volver no era posible. Pero ya llevábamos varios siglos en que eran relativamente fáciles los viajes de ida y vuelta. A pesar de todo, y la historia tenia buenos ejemplos de ello, era posible que durante largos períodos de tiempo ninguna nave pudiese hacer el trayecto. Así, salíamos de la Tierra rompiendo lazos para siempre. Abrazas por última vez a la familia, te despides de los amigos, pasas la  última noche en vela contemplando la Luna. Y te vas.

Soy marciana, pero sólo pido un par de piezas para mi JDC6000.

Cómo echo de menos a la Luna. Fobos y Deimos, no son lo mismo.

Bronquios y pulmones me están dejando de funcionar. Aunque la atmosfera del planeta lleva décadas siendo perfectamente respirable para las plantas, animales y, evidentemente, humanos; en los polos el aire sigue aun viciado por el exceso de ozono que fue necesario crear para agilizar la terraformación de la atmosfera marciana. Era consciente del riesgo, pero llevar la escafandra me era muy pesado y me acostumbré a salir sin ella. Cuatro décadas de ozono han ido reduciendo paulatinamente mi capacidad para respirar. Y el proceso es ya imparable. Mi decisión, mi error, mis consecuencias.

Puede que en la Tierra me operasen, pero en Marte no existe tal tecnología. Puedo volver a la Tierra, pero no quiero. El Doctor Leber me ha intentado convencer, pero no quiero. Ha venido con su hija menor. Veo en ella a su madre, me la recuerda tanto, la mira con el amor de un padre que sabe que su hija se ha hecho mayor y que dejará pronto de quererlo como el hombre más importante de su vida.

Yo me enamoré de ese hombre, de Peter, cuando estoy sola lo llamo Peter. Pero él era feliz con su marciana. Bellatrise era descendiente de la Tercera Generación, su familia llevaba siglos en Marte. Eran una gente peculiar, habían nacido y vivido siempre dentro de los módulos, viendo Marte des de las ventanas, o a través de las escafandras. Pero eran personas absolutamente aferradas a ese planeta, a esa tierra, no a la Tierra. Mi Tierra era para ellos algo mítico, de la que escuchaban historias que no se querían creer.

Cuando enfermó, Bellatrise lo vivió con una tranquilidad incomprensible para alguien crecido en la Tierra. La enfermedad allí es tabú. Al más pequeño síntoma de alteración orgánica, los bioimplantes lo detectan, envían la información a los controladores médicos que prescriben un tratamiento que se incorpora en nuestras aportaciones calóricas. La mayoría de veces los terrícolas desconocen que han estado enfermos. En Marte la gente sabe que enferma cuando se encuentra mal, va al médico y éste lo monitoriza y le da los tratamientos adecuados. Y se cura, o no se muere. Aun recuerdo mi primer resfriado, estuve aterrada, descubrí los mocos, los estornudos, titiritar sin frio.

En la Tierra, la muerte es una elección, en Marte, un hecho más de la vida que no se puede controlar. Cuando su esposa enfermó, el Doctor Leber volvió a ser un terrícola que no sabía enfrentar la enfermedad. Se culpa por ello, por no haber sabido responder. Ella se fue, y él no se perdona no haberla entendido. Creo que ahora conmigo intenta compensarlo. Pero yo me he vuelto marciana. He sido feliz en mi vida en este planeta. Puede que en la Tierra me salvasen, puede que no.

El JDC6000 está preocupado. Lo preocupado que puede estar un procesador de datos. La enfermedad me ha tomado y necesito del respirador que me han implantado. Me cuesta hablar, me duele. Se preocupa por qué no oye mi voz. Y cuando la oye está cansada y rota.

¿Me echará de menos una máquina? Todos estos años me sentía reconfortada porqué una aparato era capaz de entenderme, pero me alarma no haber pensado hasta ahora que JDC hubiese aprendido a sentir. Espero que Peter no se enfade si se lo dejo en herencia, al final, es la única voz, a parte de la mía, a la que ha escuchado de forma regular en estas cuatro décadas.

Peter me hace compañía todas las noches, cuando ha acabado con su tarea de enlace. Me coge de la mano y me hace recordar nuestra formación en la Tierra, lo mal que nos caímos al principio. Me habla de Bellatrise y del chico ese que no recuerda como se llamaba que me había seguido hasta el polo sur y que yo no le había correspondido su amor. Se llamaba Nikola. Está preocupado porque el Gran Coordinador se ha fijado en su Usha para qué sea la primera humana que respire el aire de Marte, oficialmente.

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