Proyecto Marte 3: Huxley Bernard

Un año después que Usha Leber respirara por primera vez el aire de Marte, oficialmente.

No se lo puedo confesar a madre. Hoy he pasado miedo. Ella está tan emocionada con la mudanza al Mundo Prometido que no quiero amargarle la felicidad con mis cosas. Me asustaba pensar en los  Hombres-Máquina, padre escupe cuando habla de ellos, el Gran Maestro nos alerta de su perniciosa influencia. Habían nacido hombres, como nosotros, pero habían caído bajo el control de las máquinas, convirtiéndose en engendros tecnológicos. La tecnología no es mala en si, pero es pecado ante el Universo dejarse convertir en máquina.

Que los Hombres-Máquina son malos lo sé. Tengo pruebas. La pobre hija del Mundo Prometido murió a los pocos meses de llegar a la Tierra, rodeada de Hombres-Máquina. Ellos dicen que fue culpa de virus de la Tierra, de los que ella no tenía defensas, y que murió de un simple resfriado. Pero eso es mentira, lo sé, lo ha contado el Gran Maestro. Quisieron convertirla en Mujer-Máquina, ella se reveló, y la mataron. Que el Universo tenga a Usha Leber en su corazón. Yo la tengo en mis plegarias.

Pues los Hombres-Máquina se parecen a nosotros. Los imaginaba de piel metálica, con circuitos en las mejillas. De hecho, no he visto nada raro en ellos, sólo las ropas. Y son simpáticos, y no me han intentado convertir. Supongo que no se han atrevido porqué iba con la Comunidad, y no se han atrevido a hacernos nada ante el Gran Maestro, que tiene con él la voluntad del Universo. Padre dice que soy muy joven para entender aun cual es el verdadero mal de los Hombres-Máquina. Creo que soy perfectamente capaz de entenderlo, pero eso no se lo he dicho. Es pecado rebatir a los mayores.

Una Mujer-Máquina muy amable nos ha contado cómo sería la subida en el Ascensor. La explicación ha sido casi tan alucinante como la subida misma, pero no debemos mostrar nuestra sorpresa ante ellos, podríamos parecer débiles e intentarían convertirnos.

Cómo sabéis, la fuerza de la gravedad de la Tierra hace que todo lo que hay en ella se intente pegar al suelo. Cuando una manzana se suelta de una rama cae al suelo, no va hacia arriba, ¿verdad? Es una fuerza que nos atrae hacia abajo. Así, ¿cómo lo hacemos para subir hacia arriba y salir de la Tierra?  Sabemos, por restos arqueológicos, que antes de la Era de Marte, y puede que en sus primeros años, los humanos salíamos de la Tierra al espacio con naves que superaban la fuerza de atracción del planeta quemando combustible. Es como si intentáramos salir a saltos. Era muy peligroso, y costoso. Por eso, nos inventamos los ascensores gravíticos.

Los ascensores son muy simples. Instalamos un cable anclado en el suelo de la Tierra, justo donde estamos ahora. Al otro lado del cable, ya en el espacio, en órbita con el planeta, una estación espacial tira hacia fuera. Imaginad la estación, que no tiene la fuerza de gravedad de la Tierra saldría disparada. Así, el anclaje en el suelo y la estación espacial mantienen el cable tensionado.

Estos cables son muy muy muy fuertes, per pesan muy muy muy poco. Así, tenemos unas cuerdas que unen la superficie de la tierra con el espacio. Y por estos cables puede subir y bajar cabinas con materiales o personas. Una vez en órbita, en el espacio, es muy fácil y barato poder navegar por el espacio.

El suelo se veía cada vez más y más pequeño. Las personas parecían puntos, luego los edificios parecían puntos, luego toda la ciudad era un punto. He intentado buscar casa, pero Padre dice que desde allí no se podría ver, que estaba al otro lado de la Tierra. Madre ha dicho que nuestra auténtica casa nos espera en Marte, el Mundo Prometido.

Ha sido alucinante cuando, ya muy lejos del suelo, muy por encima de las nubes, nuestros cuerpos se han despegado del suelo. Llegará un momento que la  gravedad de la tierra no tendrá influencia en vuestros cuerpos, y flotareis. Madre ha insistido en que me atara, pero no he podido resistirme en dar un par de volteretas en el aire.

Estamos en la Luna. El paso por la estación del ascensor orbital fue rápido, una pequeña nave nos llevó hasta aquí. A la Estación Universal, una sala de espera para emprender viajes espaciales. Madre considera que es pecado ese nombre, cómo alguien se atreve a usar el nombre del Universo en vano. Me da miedo haberlo escrito, pero nadie tiene porqué leer esto. Estamos bajo grandes cúpulas. Están llenas de plantas, me recordó nuestra casa. Me gusta mirar al cielo y ver la Tierra. Se me hace raro, antes miraba al cielo y veía la Luna, ahora veo a Tierra, inmensa, azul. La miro mucho, para acordarme de ella cuando estemos en Marte, nunca más volveremos aquí. Y así debe ser.

Hoy ha llegado el último grupo de la Comunidad. Yo no lo sabía, pero estábamos dispersos por diversos lugares de la Tierra. Pequeños espacios donde podíamos vivir como hombres libres, donde nosotros controlábamos la tecnología. He intentado contarnos a todos, no he podido, Padre dice somos unos tres mil. El Gran Maestro nos ha reunido debajo de una de las cúpulas más grandes.

Hijos, ha llegado el gran momento que la Comunidad estaba esperando desde hacia milenios. El Universo ha provisto de un nuevo hogar a los humanos que no hemos caído bajo el yugo de la tecnología. El Mundo Prometido del que hablan nuestras escrituras ya está listo. Marte nos espera. Un planeta virgen del poder de las máquinas.

Hace milenios, hermanos de la Comunidad iniciaron el Proyecto Marte, sabiendo que ellos no lo podrían disfrutar, que sería un regalo para sus descendientes. Algunos hermanos han tenido la suerte de vivir en Marte, incluso de nacer allí. Ahora, que la terraformación está concluida es el momento de ocupar nuestro lugar en el Mundo Prometido.

Hoy ha sido el día más intenso. Soy un héroe. Oí una gran discusión entre el Gran Maestro y un Hombre-Máquina. Nuestro líder se lamentaba de la humillación que estaba pasando la Comunidad. Nos sometían a pruebas médicas. Nos querían obligar a meternos, ni que fueran unos minutos, máquinas dentro del cuerpo. El Hombre-Máquina le escupía en la cara insultos. Éramos incubadoras de enfermedades descontroladas, por no querer usar bioimplantes médicos. Decía que llevaríamos cualquier enfermedad a Marte si no se nos vigilaba. No sé que son los bioimplantes, no me atrevo a preguntarlo, pero me aterraba pensar en que me metieran tecnología dentro.

Me han tumbado en una cama y una gran máquina se ha situado encima de mí, haciendo muchos ruidos, y bajando poco a poco. Me he escapado. Unos cuantos Hombres-Máquina han intentado agarrarme, pero no me he dejado. Estaba seguro que me querían convertir en uno de ellos, les he dado puñetazos, patadas, los he mordido. He sentido un pinchazo y me he dormido.

He despertado chillando pensando que era un Hombre-Máquina. Madre me ha calmado, estoy tan orgulloso de ti, hijo mío. El mismo Gran Maestro me ha felicitado por haberme negado a esas aberrantes pruebas. Me las han hecho, nos las han hecho a todos. Pero no somos Hombres-Máquina.

Lo mejor es que mañana embarcamos hacia Marte.

Vuelvo a sentir miedo, ayer fui malo y escuché una conversación de mayores. El Universo me perdone por ello. La nave es pequeña y llevaba dos noches casi sin poder dormir entre tantos ronquidos. Así que cogí mi petate y busqué un rincón en un pasillo de servicio. Hacía algo de frio, pero era silencioso. Me despertaron unas voces, creo que eran John y Lenina.

Le intenté hacer entender al Gran Maestro que era un error este viaje. Que el Jefe de Estación de la Luna tenía razón. # Confiemos en que el Universo nos ayudará, no es tan grave la desviación, ¿verdad? # Lo es, los motores de plasma funcionan, pero no es una nave preparada para ir tan cargada. # ¿Vamos lentos? Tardaremos más pero llegaremos, ¿no? Solo es eso. # Es más grave. La Tierra y Marte rotan a su ritmo alrededor del sol, solo están relativamente cerca el uno del otro unos 3 o 4 años cada 16 años. Este período se llama ventana y es cuando son posibles los viajes. El año pasado, cuando se completó la Terraformación, ya se estaba superando la mitad de la ventana. Estamos en un punto en que Marte cada vez está más lejos y no sé si…

Sin querer hice ruido. Las voces callaron. ¿Vamos directos a la nada?

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