Proyecto Marte 10: Cèdric Rivages

55 años antes que Usha Leber respirara por primera vez el aire de Marte, oficialmente.

La individualidad de las emociones humanas era algo que había dejado de tener sentido desde que mi tatara, y muchos tataras, abuelo formulara la teoría cuántica de las relaciones humanas, según la cual, aquellas personas que habían vivido una fuerte vinculación emocional y física permanecían eternamente conectados a nivel cuántico.

La leyenda familiar cuenta cómo habían tomado al doctor Rivages por un científico romántico, fuera de todo criterio racional. Pero mi antepasado pudo demostrar teóricamente su planteamiento, cómo partículas de los cuerpos de ambas personas se recordaban e intercambiaba constantemente, por muy lejos que uno estuviese del otro. Y, ahí vino su aportación, esas partículas eran capaces de transportar las emociones del otro.

Otro antepasado, más cercano, sólo una docena de generaciones por encima de mí convirtió esa teoría en Ley. Pudo demostrar por qué muchos gemelos eran capaces de saber si algo malo le pasaba a su hermano, o madres con sus hijos, o enamorados.

Mi padre diseñó la tecnología, por la cual, ese vínculo de emociones cuánticas puede fomentarse y fortalecerse. La distancia entre la Tierra y Marte había llevado a la evidencia que esos vínculos se rompían. Y ya se sabe que en estos tiempos, si algo es por el bien del hombre en Marte, recibe el apoyo inmediato del Gobierno.

Y yo, el último de los Rivages, por ahora, he sido el conejillo de indias, que debe demostrar que la tecnología funciona. Por mucho que me duela.

Me enamoré de Equis solo verlo, él cuenta algo parecido. Aunque, obviamente, tuve que negarlo un tiempo prudente, para no parecer demasiado ansioso. Según mi padre, la vinculación emocional cuántica que tenemos Equis y yo es muy alta. Nuestro intercambio de partículas es enormemente alto y rápido.

Cuesta hablar de amor con tu padre. Pero es cierta esa conexión. Me es fácil saber si se encuentra bien o mal, aun estando lejos. Incluso en sus estancias en la Luna. La conexión sexual es, bueno, me cuesta hablar de ello, es sentir lo que siente el otro cómo si fuese algo propio.

Esta conexión nos hacía los candidatos perfectos para probar la Tecnología Rivages de Refuerzo Emocional Cuántico, TRREC. El dilema fue largo ¿Quería ser capaz de sentir siempre las emociones del otro, sentirlas como si fueran mías? ¿Quería que él sintiera constantemente lo que yo siento?

Para las emociones bonitas, no pasa nada. Pero sentir sus enfados, sus tristezas, sus dudas. ¿Y si me mira y siento dudas en él? ¿Hasta qué punto las relaciones se basan en lo que damos por sentado y en lo que no nos contamos? Equis se veía preparado para el reto, pero yo no.

Pero Marte nos tenía preparada una vuelta de tuerca.

La TRREC requería que Equis y yo nos pasásemos 72 horas encerrados en un habitáculo, tan próximos como pudiésemos, sometidos a radiaciones de baja intensidad, que estimulaban el intercambio cuántico. Fue una experiencia dura, algo aburrida, pasar tres días enteros encerrados, sin tecnología ni entretenimiento, siendo monitorizados. No era algo especialmente romántico.

El último dia fue emocionalmente muy duro, los dos estábamos agotados y emocionalmente alterados. Eso era prueba que estaba funcionando la TRREC, pero implicaba una altísima conexión de emociones demasiado negativas en ese momento. Casi acabamos pegándonos.

Accedí porqué debía marchar a Marte con mi destacamento militar. Intentamos que Equis pudiese venir, pero no encajaba en ninguno de los perfiles que se solicitaban. Y yo no podía negarme a viajar. El Gobierno es extremadamente exigente con todo lo referente a la terraformación. Así que nos enfrontábamos a separarnos por más de una década. El TRREC fue una respuesta fácil a nuestra ansiedad emocional. Al menos estaríamos juntos en las emociones.

No recuerdo nada del viaje hasta Marte. Me lo pasé llorando y gritando de dolor, hasta que mi oficial me obligó a sedarme. El TRREC era demasiado exitoso, y la tristeza de la separación algo demasiado duro.

Desperté en un módulo de la colonia marciana, una semiesfera transparente  donde se ubicaba la enfermería del destacamento. El dolor era algo más tenue. Y la belleza salvaje de Marte me distrajo de mis emociones. Según mi padre, la distancia hacía que las conexión cuántica fuese más débil, pero existía. Persistía el dolor de la distancia, pero no me mataba.

Tardé algunas semanas en sentir otras emociones distintas a la tristeza y el dolor. Un día, en pleno reconocimiento sobre el terreno me puse increíblemente contento, canturreando. Equis me contó que lo habían convencido para una sesión de holocine y se lo había pasado bien, por primera vez, desde mi marcha. Mi padre estaba entusiasmado.

Parecía que someternos al TRREC no había sido una mala idea.

Una mañana me levanté muy feliz, una ilusión que casi ni recordaba me invadía. Llevaba cerca de dos años en Marte. Las emociones habían vuelto a la normalidad. Era bonito sentir los buenos momentos de Equis en la Tierra, o llamarlo cuando notaba que estaba triste o enfadado.

Pero la sensación de esa mañana me superó. Me sentía tremendamente feliz. Y me sentí así varios días. Sin darle más importancia. Esperaba la llamada de Equis esa tarde para contárselo. Entonces fui consciente que no me había pasado nada especialmente bueno para estar así, que esa emoción era de Equis.  Me intrigó saber qué le estaría pasando.

Nada. Según él no le pasaba nada especial. Que también lo había sentido y pensaba que era algo mío. Quedamos en hablar con mi padre del tema. No nos supo dar respuesta. Y esa noche no dormí de pura ansiedad. Fui a dormir algo preocupado por no saber a que respondía eso, pero no sabía porque sentía esa angustia. No le quise dar más importancia.

Los días siguientes fueron una mezcla de felicidad y angustia. Algunos momentos lloraba de felicidad, otras de absoluta desesperación. Me preocupé pensando que algo estaba fallando en las conexiones. Mi padre chequeó a Equis e hizo que me hiciera pruebas. Todo parecía normal a nivel cuántico. Me inquietó su despedida “Hijo, estas son emociones reales de Equis y tuyas. No busques fuera una explicación.” Pero intenté no darle importancia.

Me desperté en plena noche con una intensa sensación de placer que me recorría el cuerpo. Placer físico, sexual, emocional. Mi excitación subía y subía. En ese tiempo, en la distancia, compartíamos ciertos momentos de intimidad sexual con Equis, pero no era lo que sentía en ese momento. Algo así  sólo lo había sentido en vivo con Equis.

Me confesó que había conocido a alguien. Que lo había intentado evitar, pero que las emociones eran fuertes. Que lo sentía, pero que había pasado. Lo comprendí. Era sincero, sentía su dolor por confesarme eso, por no querer hacerme daño. Por no querer poner punto y final a nuestra relación.

Jugamos a un “era algo que podía pasar”, “una cosa no quita la otra”, “vive el momento y ya veremos qué pasa cuando pueda volver”. Fui sincero, nunca fui celoso, y sabía que durante tantos años de distancia pasarían cosas.

Me acostumbré a la nueva felicidad de Equis, a esas horas eternas de placer, que compartía como mío. Dejé de sentir mis propias emociones, las anestesiaba, para sólo sentir las suyas. Era parte de esa felicidad. Una extraña felicidad a tres.

 

Se lo prohibí a mi padre. No se lo podía dejar hacer. Debía decirle que no era posible. Yo le decía a Equis que no era posible, y mi padre debía apoyarme. No podía romper la vinculación. El TRECC reforzaba vínculos, no los rompía. Pero todos sabíamos que era posible, si Equis se encerraba otros tres días, sólo, bajo el efecto de las radiaciones de baja intensidad, sus partículas dejarían de buscarme, y sin ninguna que viniera, las mías no irían. Se rompería el vínculo.

Me siento infinitamente sólo. Vació. Sin nada dentro. Incapaz de sentir.

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