Proyecto Marte 12: Ro Blanch

144 años antes que Usha Leber respirara por primera vez el aire de Marte, oficialmente.

 

¿Quién quiere leer la biografía de la persona más odiada del mundo? Seguramente nadie. Puede que alguien se interese por mí dentro de un par de generaciones, puede que tú seas la primera persona en leerme. Piensa, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que me conocisteis?

Por ahora el resentimiento es demasiado grande. ¿A alguien le interesan los motivos que justificaron mis actos? De momento, no os hace falta, ya me habéis juzgado: me movió el mal por el mal, el poder por el poder.

Algún día puede que reconozcáis que, gracias a mi, la Tierra es un planeta mucho mejor. O puede que estas memorias las guarde el polvo y alguien las encuentre tras otra Era Oscura porqué yo os haya vencido. Quién sabe.

 

Nací en Marte, en el módulo 814C del destacamento científico austral. Mi madre era ingeniera climática. Tenía designada la tarea de vigilar y ajustar los motores de desarrollo ambiental del polo sur. No conocí a mi padre, supongo que fue alguien del destacamento, mi madre nunca llegó a hablarme de él. Mi vida familiar no tiene más interés que explicar porqué, tras el accidente, nadie me reclamara.

Acompañé a mi madre a una de sus expediciones. Me gustaban estas escapadas, eran los pocos momentos que los dos estábamos solos. El destacamento era pequeño y éramos demasiados viviendo allí. Me hablaba de la Tierra, me preguntaba por mis amigos, mis estudios. Falló el núcleo de alimentación del transportador, sé poco más. Mi madre murió en el accidente y yo quedé en estado de coma irreversible.

Marte no está preparado para atender a un comatoso en sus precarias instalaciones médicas. Ocupaba una cama hospitalaria permanentemente y consumía recursos. Fui enviado a la Tierra. Durante mucho tiempo viví con rencor que nadie quisiera cuidar de mí. Nadie pareció interesarse por mí una vez deportado. Con el tiempo llegué a entenderlos, por mucho que me pudieran querer, mi estado era irreversible, no hacía nada allí. No podía pedir a nadie eso. Supongo.

En la Tierra me esperaba plaza en un centro médico destinado a personas en estado irreversible, el Hospicio de Enfermos Neuronales Irreversibles. El cerebro era de las pocas cosas que nuestra avanzada medicina no sabía curar. Los nanoimplantes mantenían mi cuerpo en forma, pero mi consciencia seguía distante.

Pero la humanidad estaba a punto de dar un gran salto, con los implantes neuronales. Ahora lo llamáis la singularidad neuronal. En pocos años, la tecnología ha permitido al mundo transformarse hasta llegar a un nivel de complejidad difícil de entender para quien no lo haya vivido. La tecnología neuronal existía antes de la Era Oscura, pero se perdió. Y ha vuelto por el talento de vuestros científicos, pero gente como yo fuimos imprescindibles. Y eso ocurrió antes que me odiarais. Entonces yo era un simple conejillo de indias.

 —

 

Desperté el día que la Tierra aprobaba el proyecto del “Gobierno Pandemocrático por Representación Neuronal Pasiva”, también conocido como el PanGobierno, el Gobierno de Todos o, simplemente, el Gobierno. Ahora todos los humanos tenemos el mismo peso en la toma de decisiones. Y todo gracias a los implantes neuronales.

Me fascina la complejidad simple con la que funciona el sistema. A cada humano se le implanta un transmisor detrás de la oreja izquierda, derecha en zurdos, justo debajo del mastoides. Este se conecta al sistema nervioso y al cerebro y se vincula al pabellón auditivo, a los implantes oculares y al comunicador bucal, y al resto de implantes del cuerpo. El transmisor nos enlaza con los Nodos, simplificando ostensiblemente el Globo.

Pero el mayor avance que nos han permitido estos implantes es la capacidad de conectarnos a todos como una única mente pensante. No perdemos la individualidad, pero sí que creamos una colectividad. Esta mente colectiva es la que toma las decisiones políticas: todos somos consultados y todos votamos según nuestras convicciones. El Globo ha dejado de ser una complejidad de datos para convertirse en algo… vivo.

Esto no lo hacemos a nivel consciente, sería imposible, nos volvería locos. Los transmisores operan en el mismo espacio del cerebro que se activa en los sueños y en el duermevela. También es el estado más cercano a la consciencia de un comatoso.

Si queremos, podemos llevar estas decisiones al plano principal de la consciencia, obtener más información, debatir, ponderar opciones. Aunque para esto hemos diseñado las Comisiones, donde elegimos a humanos preparados para debatir y desarrollar los temas de debate. Ellos diseñan las propuestas que nosotros votamos.

Complejamente simple. Todos somos consultados y tomamos decisiones inapelables. Somos humanos de consciencia libre que tomamos las mejores decisiones. Y todo se hace sin que nadie pueda interferir en nuestra mente, sin poder ser manipulados. Esta era la teoría, y por esto creéis odiarme.

 

¿Alguien en coma puede sentir dolor? Llegué a contar unas setenta camas en el Hospicio de Enfermos Neuronales Irreversibles.  No sé si nunca estuvieron todas ocupadas. Éramos enfermos sin familia, o sin nadie que se preocupara por nosotros. Éramos humanos inservibles, formalmente bien cuidados… Con alguien debían probarse los injertos neuronales.

Nos implantaban los aparatos que estaban desarrollando. No lo harían con humanos sanos. Así, éramos útiles, y nadie fuera de ese lugar lo llegaría a saber. A los que no morían tras el injerto, y para comprobar si funcionaba, se estimulaba su sistema neuronal, provocándole fuertes dosis de estrés, que se transformaban en dolor físico. Los espasmos demostraban que el experimento funcionaba.

Les respondo a la pregunta inicial: sí, mucho dolor. Recuerdo todo ese dolor. Cuando sueño aun siento ese sufrimiento. Me arrancaría la piel, los músculos, los huesos, y lo seguiría sintiendo.

Todos alabasteis a los osados científicos que experimentaron en su cuerpo con los implantes neuronales. No fueron valientes, sabían que funcionaban, gracias a nosotros. Luego, se olvidaron de nosotros y pasamos a manos de otros científicos que tenían cosas por experimentar.

Yo caí en manos del doctor Brem Rivages, que estaba desarrollando una tecnología basada en la teoría de un antecesor, según la cual, las personas intercambiamos emociones a nivel cuántico. A través de implantes neuronales, y mediante ondas de baja frecuencia, intentaba unirse a mí para despertarme.

Abrí los ojos con el doctor durmiendo en la cama contigua. Era la primera vez que lo veía, pero parecía conocerlo desde hacía años. Tenía dudas éticas sobre usar personas en coma para experimentar, pero se escudaba en que lo hacía por mi bien, para despertarme. Vivía como una carga el deber demostrar esa teoría familiar, ante la total desaprobación de la comunidad científica. Amaba a su mujer y sus hijos lo desquiciaban.

Desde que desperté, el doctor Rivages es la única persona que he respetado. Bueno, a él y a sus hijos.

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Pasé veinte años en coma y otros diez sin poder salir del Hospicio, sujeto a todo tipo de evaluaciones físicas y chequeos neuronales. Decían que, por mi bien, debía seguir bajo estricto control médico. Alegaban que mi repentina vuelta a la consciencia podía ser inestable y que podía volver a mi estadio anterior en cualquier momento. La verdad era que les daba miedo soltar a alguien con el que habían experimentado y se morían de curiosidad por saber cómo había vuelto a la consciencia.

No respetaban al Doctor Rivages y lo apartaron de mi justo al despertar. Aunque no vi más a Brem, cuando los sueños no se llenaban de ecos de dolor, sabía de él. Estaba triste porqué a pesar del éxito que yo representaba en sus investigaciones nadie se lo quería reconocer. Un par de sus hijos empezaban a centrarse y a mostrar interés por la medicina. Su mujer lo había dejado, eso lo hundió. A nadie conté esos sueños. Me daban paz, familiaridad.

 

No sé qué quería estudiar en mí, se llamaba Li’am. Llevaba ya tres años de confinamiento y era otra de las múltiples doctoras que me hacían pruebas. Fue mi primer amor, puede que el único. Fue mi primera vez. Esa noche, mientras dormíamos abrazados, soñé con ella, era ella. Reviví su boda, conocí a su flamante marido. Desperté sobresaltado, pensando en que eran celos.  Li’am no volvió más. Escuchando los cotilleos en los comedores supe que, efectivamente, estaba casada. Me rompió el corazón.

Dejé de soñar durante meses, hasta que se cruzó en mi vida el afable Doctor Belius. Era un hombre mayor, que me hacía preguntas, se interesaba por mi desarrollo cognitivo. Cuando acabamos las sesiones, me daba un largo apretón de manos. Soñé su temor a las arañas, reviví su llegada a Misatonik y una desagradable novatada con esos bichos. En una de las sesiones le hablé de arácnidos, se le erizaron los vellos de los brazos.

Podía conocer íntimamente a aquellas personas con las que tenía algún tipo de intercambio físico. Al principio, necesitaba un contacto continuado o intenso. Pero fui luchando en mis sueños y acabé necesitando sólo breves roces. Aprovechaba las colas en los comedores, los cruces en los pasillos. Iba conociendo, poco a poco, los rincones más ocultos de las mentes de mis captores, sus deseos, miedos, secretos.

Y experimenté con ellos, era algo justo, ¿no? Reciprocidad. Les ponía nerviosos hablando de sus secretos o creaba conflictos entre ellos. Las seducía regalándoles los oídos con lo que sabía que les gustaba escuchar para luego romper de golpe sus sentimientos con sus propios miedos. Era divertido. Pero no era suficiente.

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Helado de frambuesa. Siempre he odiado el olor y el sabor de las frambuesas, y en la cafetería del Hospicio es el único helado que servían. Pedí varias veces si podían, al menos, tener otro sabor, pero no obtuve respuesta. A todo el mundo parecía gustarle ese helado y no harían caso a ese paciente que deambulaba por allí, ya era mucho que no me tuvieran encerrado en mi habitación como para atender a mis caprichos.

Si era capaz de entrar en sus mentes y leerlas, era posible que pudiera influenciarlas. Así que me puse a ello. Pasó un año sin conseguir ningún tipo de éxito, pero llegó un día que oí al Jefe de Neurociencia decir que no le apetecía tomar helado. A partir de aquí, todo fue más rápido, descubrí el mecanismo por el que la mente era influenciable, donde y como introducir el mensaje. Algo que obviamente, no compartiré. En pocas semanas, el helado de frambuesa perdió adeptos. Un venturoso día, el director del Hospicio vomitó sobre el dispensador de helado, al olerlo. La mañana siguiente, en su lugar, había helado de chocolate.

Tras esto, fue relativamente fácil conseguir mi libertad. Decidieron que ya nada más podían investigar en mí. Tras tanto tiempo, era obvio que no volvería a un coma accidental. Un buen chico como yo no les crearía problemas hablando fuera sobre qué se hacía realmente en el Hospicio. Y es cierto, hasta ahora nunca lo he hecho.

En compensación a mi abnegación, me asignaron una buena pensión vitalicia y me restituyeron mis derechos como ciudadano. Eso, obviamente, implicaba conectar mi transmisor neuronal al Globo. Fueron tan amables.

Intenté localizar al doctor Rivages, quería compartir con él mis sueños y mis capacidades. Estoy convencido que se lo debo a sus experimentos. Quería agradecerle que me hubiese despertado, y animarlo a seguir con sus investigaciones. Sólo encontré a uno de sus hijos. Habían mandado a su padre a Marte, obligado a aceptar una beca, estaba resultando algo molesto a la comunidad hablando de mí. Los hijos del Doctor se habían comprometido a seguir con sus estudios.

Espero que algún día la humanidad les dé el reconocimiento que se merecen. Si la humanidad sobrevive a ella misma.

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Un amable doctor tuvo la brillante iniciativa de inducirme un estado de coma controlado durante un mes. Para mi siguiente reto, necesitaba aprender más sobre el transmisor y las noches se me hacían demasiado cortas. Si los implantes neuronales basaban su conectividad en los estados de consciencia latente de los sueños y del coma, en ese estado inducido podría estar permanentemente conectado con el transmisor. Fue muy duro, los ecos de dolor de los experimentos eran fuertes y me atacaban en cualquier momento.

Los Nodos eran como roces permanentes de mentes. Me resultó relativamente fácil aprender a saltar de una mente a otra y poder explorarlas.  Era como si alargara la mano y tuviera a mi alcance a todos los que compartíamos Nodo. Fue más difícil aprender a abordar otros Nodos, tenía que dibujar un camino para poder volver atrás. A algo parecido le llamaban hilo de plata antes de la Era Oscura, algo leí del tema.

Resulta muy curioso comparar las mentes, especialmente ver como nuestra lengua materna nos dibuja estructuras cognitivas completamente distintas. Por suerte, que todos los humanos tengamos, además, un idioma común me facilitó enormemente el trabajo, sólo debía encontrar la senda de esa lengua. A través de ese camino, entendía perfectamente todas las mentes.

Y si podía visitarlas, supuse que podía modificarlas. Así que apliqué mi experimento de la frambuesa. Influencié pequeñas comunidades locales, consciencia a consciencia, todas sus mentes. Cuando desperté del coma, pude comprobar cómo en esos lugares el consumo de esas bayas había disminuido sensiblemente.

En ese punto puede que, si alguien llega a leer mis memorias, se pregunte porqué también odia las frambuesas. Puede ser simple casualidad, o puede que visitara su mente. Pero debería saber que, durante un tiempo determinado, toda la tierra las odió.

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Una vieja expresión, anterior a la Era Oscura, reza “los árboles no te dejan ver el bosque”. Iba de mente en mente sin fijarme en la gran mente colectiva. Así que, después de provocar el suicidio de todos los científicos que jugaron conmigo en el Hospicio, no se me ocurría que más hacer que obtener riquezas y conseguirme ligues.

En uno de mis sueños vi el bosque, vi todos los bosques, vi el gran bosque. Presté atención a los Nodos. Son algo más que meros conectores. En ellos se recopila toda la información de cada uno de los transmisores neuronales y se procesa, mandándose donde sea necesario: centros médicos, instancias administrativas, otras personas… Desde los Nodos recibimos notificaciones y todo tipo de comunicaciones. La vinculación es de diálogo, no de simple traslado de información, una comunicación multidireccional. Y no existe un punto central de conexión de todos los Nodos, sino que se unen entre ellos como una red. Toda esa red forma el Globo, es nuestra mente compartida. Nodos conectados a Nodos, mentes conectadas a Nodos.

Observé el gran bosque, todos los Nodos estaban al alcance de mi mano y, a través de ellos, todas las consciencias. Era imposible intentar acceder al conocimiento de todas ellas pero, ¿si podía influenciar mentes individuales, porqué no una mente colectiva?

Puse en práctica mi experimento de las frambuesas. Era algo inocente en lo que nadie repararía. Introduje una sensación de inapetencia hacia esa fruta… y cayó el consumo mundial. El efecto duro unos días. La complejidad del Globo requería que, para mantener una idea, el mensaje se debía repetir con cierta frecuencia.

Jugué con las frambuesas algunas veces, pero tenía otras intenciones.

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Me odiasteis porqué descubristeis que alguien estaba manipulando las decisiones del Gobierno. Y vuestro odio es miedo. No me perdonáis que haya puesto en jaque vuestro perfecto sistema pandemocrático.

Decidisteis que era hora de dar un giro a la elección del Coordinador General del Proyecto Marte. Llevábamos demasiadas generaciones eligiendo su sucesor dentro de la estructura administrativa de la Coordinación. Pensasteis que sería bueno dar un giro, que era el momento de darle un empujón al proyecto, que se estaba enlenteciendo. El reloj no avanzaba al ritmo que todos deseabais. Concluisteis que sería bueno elegir a alguien que conociera las dos realidades: la de Marte y la de la Tierra.

Os caí en gracia. La holocámara me adoraba y en las entrevistas os encandilé. Fui elegido por una mayoría arrolladora. Tenía grandes proyectos, os convencí que sabía cómo acelerar la terraformación. Os prometí que vuestros hijos ya respirarían el aire de Marte. Millones de vosotros os reunisteis para arroparme el día que tomé posesión del cargo. Coreasteis mi nombre. Me llamabais Padre.

Os puedo asegurar que mi intención era acelerar la terraformación. Pensé en mi madre, le hubiese gustado ver Marte completamente terraformado, era su sueño. Pero al tomar posesión del cargo cambié mi perspectiva. Juré no revelar nunca el porqué, y no lo haré.

No me odiáis a mí, os odiáis a vosotros por haberme amado. Os juráis que todo fue fruto de mi manipulación, pero no es cierto, me adorabais.  Os sentís estúpidos porqué fuera una niña de ocho años y su tarta de frambuesas quien me descubriese.

 —

Me aburría en la Coordinación, la tarea de dirigir la terraformación de Marte era tediosa y burocrática, así que opté por haceros detestar, de nuevo, las frambuesas.

Alma celebraba su cumpleaños y, el día anterior, ella misma había preparado una tarda de frambuesas. Pero esa noche yo jugué con vuestras mentes y nadie probó la tarta. La niña se enfadó, lloró, pataleó. Siguió con su enojo muchos días, era imposible que a nadie le gustara. Mando mensajes al Gobierno explicando que era imposible que nadie hubiese querido probar ni un pequeño trozo de su pastel, incordió a sus padres. Con eso, el efecto de mi influencia pasó y las quejas de Alma fueron provocando un estado de duda. Algo raro pasaba con esas bayas.

Una comisión evaluó el caso. Descubrieron fluctuaciones ocasionales en el consumo mundial de la fruta.  Analizaron los Nodos y descubrieron alteraciones no controladas que coincidían con las caídas del consumo. Seguisteis el rastro de las conexiones y llegasteis a mí. Acepto la derrota, pero no me habéis vencido.

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No me sorprendió la sentencia. Por cautela había trabajado una desafección hacia la pena de muerte. No influencié solo el Globo, sino que fomenté corrientes sociales y de debate manipulando a determinados líderes de opinión. Así que la sentencia más lógica era esta, el exilio a Marte. Aunque algún día seáis conscientes de esta manipulación, será tarde: el Gobierno no puede cambiar las decisiones del Gobierno. Esa norma la inventasteis vosotros solitos, sin mi ayuda.

Acabo esta crónica viendo Marte desde las ventanas de mi cabina de confinamiento de la nave que me traslada. Me mandáis a un planeta sin transmisores neuronales, sin Nodos, sin Globo. Me habéis eliminado todos los injertos tecnológicos de mi cuerpo. Así no podré hacer daño.

Nunca he tenido interés en hacer daño, esa es vuestra visión reduccionista. Soy un psicópata, pensáis. Aquí espero encontrar al Doctor Rivages y hablar de sus experimentos. Quiero que vea que las emociones realmente se transmiten a nivel cuántico, yo soy la prueba que esa teoría es una ley científica.

A la humanidad le he hecho dos regalos. Ahora, el Globo es más seguro, los implantes neuronales ahora evitan la injerencia en las mentes. Vuestro gobierno es más perfecto, gracias a mí.

Pero también planté una semilla de odio contra la tecnología de los implantes. En vosotros ha nacido una sociedad que los odia, y repudia a quien los lleva. Creen ser los únicos humanos dignos de vivir en Marte, seres limpios de tecnología. Intentarán reclamar la propiedad sobre el planeta cuando haya concluido la terraformación. Soy vengativo, me habéis hecho así.

Pero bueno, si alguien presta atención a mis memorias podrá actuar contra este grupo, al que he llamado La Comunidad. Lástima que nadie se dignará a leerme.

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