Proyecto Marte 16: El Gato

987 años antes que Usha Leber respirara por primera vez el aire de Marte, oficialmente.

 

Nadie me recuerda por mi nombre, incluso puede que yo llegue a olvidarlo algún día, olvidar a Pau, al niño huérfano, uno de los tantos tras la guerra a la que no podemos llamar guerra. El chiquillo que destacó en el campo de refugiados retando a los soldados en el campo de PadelZero y humillándolos en cada partida.

Allí empezaron a llamarme El Gato, porqué me movía dentro de la esfera de gravedad cero con la soltura y fiereza de un felino. Podía agarrarme a las paredes interiores de la esfera como si hubiese gravedad en ellas, saltar a por la pelota, noqueando de paso a mi rival.

Me descubrió un alférez de guardia, estaba colándome en el almacén de provisiones del destacamento. El hambre era más fuerte que el miedo a acabar colgado de una torre de vigilancia por ladrón. Había crecido con el paisaje de esos cuerpos meciéndose por el viento, hasta que la podredumbre les partía el cuello y acababan en el suelo. Jugábamos a lanzar piedras y avanzar el momento del desmembramiento.

Los guardianes se quedaban dormidos en las garitas y era bastante fácil meterse en el almacén. Pagué el exceso de confianza de haberme colado allí ya demasiadas veces. En el campamento nadie me daba comida y allí ya no robaba. Mientras metía varios paquetes de fruta liofilizada en la mochila lo noté detrás, daba por hecho que me estaba apuntando con un arma.

Antes de que me diera el alto o disparara le lancé uno de los paquetes de fruta a la cara y me puse a correr, zigzagueando, por el almacén, esquivando palés, subiendo cajas, saltando bidones. Esperaba que la oscuridad y mi rapidez me diesen ventaja, pero el soldado no se rindió. Y cuando creía que lo había dejado atrás, y me disponía a salir por una ventana, noté como algo me tiró de la pierna y caí al suelo.

No me rendí y pataleé mientras el soldado, el doble de grande y fuerte que yo, me arrastraba por las piernas fuera del almacén. No me resignaba a morir sin luchar, al menos, sin romperle algún diente.

La luna nueva me impedía ver donde me llevaba, se paró, abrió una puerta, me lanzó dentro de algo y me encerró. Era un espacio raro, el suelo no era plano, ni las paredes. Palpando vi que estaba dentro de algo que parecía ser una esfera. Intenté hallar la puerta por donde me había metido, pero no fui capaz de hallarla, toda la pared interior de ese recinto era perfectamente lisa.

De golpe, todo se llenó de luz. Estaba en un estadio, rodeado de gradas, en el centro, la esfera donde yo me encontraba, completamente transparente. Por el fondo, se acercaban varios solados. Entre ellos, unos especialmente alto y fuerte, di por hecho que era quien me había atrapado.

  • Chaval, te ganaste un balazo, pero hoy estamos de buen humor. Te daremos una oportunidad para sobrevivir. Fuiste rápido y ágil en el almacén, si me ganas a una partida de PadelZero, te dejaremos libre. Sino ya sabes, bang.

No sabía de qué me hablaba, pero ganaría. El alférez se quito la chaqueta del uniforme y se descalzó. Tocó algo en la esfera y se abrió una portezuela por la que entro. Una vez dentro, otro soldado desde fuera la cerró y la superficie volvió a ser perfectamente lisa y transparente. En la mano llevaba una pequeña pelota.

  • Lo haremos corto, sólo un set a 21 puntos. ¿Sabes jugar?
  • Así será más divertido.

Fuera, los soldados silbaron y rieron.

  • Debes lanzar la pelota a la pared de la esfera. Si consigues que bote dos veces antes que yo la recoja, punto para ti. Si no lo consigues, es mi turno. No puedes tener la pelota en la mano más de un segundo. Ah, y esto en gravedad cero.

 

 

Había batido al alférez esa noche y me mandaron a casa con un paquete de frutas. Me vinieron a buscar otras muchas noches, a cambio de comida. En pocas semanas, el estadio se llenaba y jugaba a plena luz del día. La fama de mis hazañas pronto se extendieron por el ejército y llegaron jugadores de todas las divisiones al campo de refugiados para enfrontarse conmigo.

Incluso venían a jalearme los mayores del campamento. No sé si se sentían orgullosos de mí o simplemente esperaban mi victoria para que les repartiera la comida que me sobraba. ¿Dónde estaba ese pueblo luchador que se había levantado contra el intento de tiranía? ¿Dónde estaban los luchadores míticos? ¿Dónde habían quedado los mensajes de libertad y justicia? Enterrados en las fosas comunitarias, pudriéndose colgados de las torres de vigilancia, bajo la mirada del enorme cartel del Procurador que presidia el campamento.

Mientras, yo, un chico insolente, un huérfano sin nombre, humillaba a los vencedores en la pista de PadelZero. Pero no lo consideraban nunca un acto de rebeldía, no pensaban que el hijo de unos fusilados les quería hacer pagar por la muerte de sus padres. En cada golpe a la pelota, en cada vuelta en el aire, yo vomitaba mi rabia, el hambre acumulada, el dolor, y su respuesta eran vítores y aplausos.

Era sólo un juego, era su juguete. Y me daba rabia, y no podía permitirlo. Así que decidí, en el siguiente torneo, degollar algunos soldados.

 

¿Qué conseguirás? Matar a uno o dos soldados, ¿y luego qué? Te mataran y ya. Hasta aquí tu venganza. No seas imbécil, les tengo las mismas ganas que tú. Pero de qué servirá nuestra muerte, de tan poco como las muertes de nuestros padres. Debemos vivir, sobrevivir a esto.

Allak me tomó del brazo justo antes de salir al campo de juego. Tenía razón, y le di la cuchilla con la que iba armado. El arma estaba manchada de sangre, la de mi mano, la apretaba con fuerza, al asumir las palabras de Allak, la verdad en ellas. Aún tengo las marcas de esa herida, no quise que me las curaran.

No pasó mucho tiempo antes que dejara el campo de refugiados y me mandaran a la capital. El Procurador, que resultó ser un gran aficionado al PadelZero, quería conocer las proezas del chico gato de las zonas exteriores.

Eliminaron todos los pelos de mi cuerpo, cabeza, cara, cuerpo. Al Procurador no le gustaban y había impuesto la moda de esa estética. Me sentía desnudo, a pesar del uniforme brillante con el que me habían vestido.

Debía enfrentarme a Melias, el mejor jugador del planeta, y nuestro partido seria retransmitido por la recién estrenada red de holovisión. Los espectadores, desde sus hogares, incluso los colonos marcianos en sus módulos, vivirían la contienda como si estuviesen dentro de la esfera.

Los comentaristas lo anunciaban como el chico, llamado El Gato, que se había atrevido a retar al héroe Melias. El estadio coreaba su nombre, a mí me abucheaban cada vez que las holocámaras me enfocaban. Melias era alto y tenía el cuerpo esbelto y definido. Lo había visto entrenar, era rápido y muy técnico. Su envergadura le permitía llegar a cualquier rincón de la esfera casi sin esfuerzo. Yo, mucho más pequeño, debería ser más rápido que él.

Me coló los siete primeros puntos sin darme tiempo a respirar. La pelota, ligeramente imantada, botaba dos veces en la pared interior de metal transparente de la esfera sin que yo tuviese tiempo ni siquiera para acercarme. Estaba acabado y no me lo podía permitir. Si nunca quería llegar a vengarme de los que asesinaron a mis padres, no lo podría hacer desde las regiones exteriores, debía estar en la capital, con ellos, con los que concibieron la masacre.

Y fue entonces cuando me fijé que Melias se impulsaba siempre con la pierna derecha, algo le fallaba en la izquierda. Así que aproveche un giro para golpearle la rodilla derecha. Era algo sucio, lo sé, pero no me había labrado una fama respetando a los rivales.

Melias perdió velocidad en los ataques, podía ver el dolor en su rostro cuando se impulsaba con fuerza en las paredes. Ya podía devolverle la pelota. Me seguía ganando, pero cada vez le costaba más conseguir que perdiese una bola.

Y, por fin, le colé el primer punto. Lancé la pelota entre sus piernas y no tuvo tiempo a girarse. El estado enmudeció. Un chico de las zonas exteriores acababa de abofetear a la capital.

Seguimos. Mantuve golpes discretos a las rodillas y tobillos de mi rival, todos durante los movimientos para capturar la pelota. Todo dentro de las normas. Melias acusaba los golpes y el cansancio. Cómo más se alargaba cada punto, más opciones tenía de ganarlo. Y el marcador, poco a poco, se igualó.

Con especial dramatismo escénico, todo se decidiría en el último punto.

Obviamente, gané yo.

 

Descubrí a Clarke de casualidad. Esperaba una recepción con el Procurador y me dejaron esperando, en una sala anexa al salón de recepciones, con un lector bibliográfico como única compañía. Sabía leer, claro, pero no se esperaba que un jugador de PadelZero lo hiciera. Creo que quien me dejó con el lector era un seguidor de Melias resentido.

Me dejé llevar por el menú, y accedí a “publicaciones ancestrales”. Había oído hablar que antes de la Era Oscura, era frecuente que los escritores escribiesen sobre como imaginaban el futuro, lo llamaban ciencia ficción. Me hacía gracia el concepto. Podía llegar a los libros que habían sobrevivido al Gran Debacle. De los pocos títulos que pertenecían a esa categoría de ciencia ficción me llamaron la atención dos obras, una novela llamada Pandora Despierta y un cuento, El Centinela. Como tenía poco tiempo, me decanté por el cuento y descubrí a Arthur C. Clarke… La próxima vez que veáis la Luna llena allá en lo alto, por el Sur, mirad cuidadosamente al borde derecho, y dejad que vuestra mirada se deslice a lo largo y hacia arriba de la curva del disco.

 

Cuando fui requerido para presentarme ante el Procurador les hice esperar, no podía dejar de leer el relato en ese punto. Si así lo requiere el Procurador, luego me fusiláis. Pero a nuestro líder máximo le hacía gracia mi impertinencia. No bajaba la mirada en su presencia, no le reía las gracias. No había olvidado las palabras de Allak, pero sobrevivir no implicaría ser humillado por esa gente.

Por suerte, los deportistas vivíamos en un mundo aparte, consentidos en nuestros caprichos, siempre que dentro de la esfera lo diésemos todo. Y tras El Centinela, descubrí otras obras de Clarke que habían sobrevivido, Cita con Rama, El Jardín de Rama, 2061: Odisea tres. Me llamó especialmente la atención Las arenas de Marte, aunque lamenté que de esa obra sólo se conservasen algunas páginas. Me hubiese gustado ver cómo se imaginaban la colonización marciana mucho antes que el Proyecto Marte fuese, ni siquiera, un proyecto.

Me convertí en el raro en la residencia deportiva donde entrenábamos y vivíamos. No jugaba a sus juegos absurdos de cartas, no me dejaba tentar por las chicas que nos visitaban para que hiciésemos con ellas lo que quisiéramos. Me encerraba con mi lector, releyendo a Clarke, a Varela y al resto de autores ancestrales cuyas obras habían sobrevivido.

En el exterior era El Gato, en las instalaciones deportivas era el Raro. A mí me gustaba llamarme el Jugador que leía a Clarke.

 

Cuando aparecí en la esfera con barba conseguí que el estadio volviese a enmudecer, cómo sólo lo había conseguido con el primer punto que metí a Melias. Tras mi lesión de hombro, la masa esperaba mi vuelta a la esfera. Mucho se había especulado sobre mi estado de salud y yo había colaborado a ello no dejándome entrevistar u holograbar.

Era el chico mimado por el Procurador, seguía siendo imbatible, se me consentía todo. En mi último partido, a pesar que todo crujido de mi hombro se había oído por holovisión, no dejé de jugar y ganar. Dejé el estadio semiinconsciente y vitoreado.

Cuando volví, llevaba ya dos meses recuperado. Jugábamos dos partidos semanales y, justo antes de cada encuentro, nuestros cuerpos eran debidamente depilados. Con la lesión, nadie atinó a arrancarme el vello del cuerpo. Volví a sentirlo, recuperar mis cabellos negros y duros y apareció una barba fuerte y negra.

Me quejaba de dolores para ganar tiempo. Esperé a que la barba creciera. Cuando salí al campo de juego, la barba medía más de cuatro dedos. Había pensado dejarme también largo los cabellos, pero me molestaban al jugar y opté por dejarlos cortos, pero no afeitarlos. En los vestuarios hubo un gran revuelo al no dejarme depilar. Pero era el chico mimado del Procurador, nadie me llevaba la contraria.

Ocupé mi lugar en la esfera, aun con gravedad. A mi lado tenía a Rob, que me decía que estaba loco y que mi tontería le acarrearía a él problemas. Le respondí que sólo debía procurar que no le metiese más puntos de los habituales. Los dos observábamos el palco que ocupaba el Procurador.

Pensaba en el campo de refugiados, seguro que se alegrarían por lo que estaba haciendo. Si es que no me odiaban por haberles dejado sin sus raciones semanales de comida extra, tras mi marcha. Estaba retando al dictador que había destruido nuestras vidas. Estaba poniendo en duda la imbecilidad de sus normas. Puede que esa fuese mi última bravuconería, pero la estaba viendo todo el planeta. Estaba seguro que al menos a Allek le estaba gustando mi osadía.

Pero la esfera se colocó en gravedad cero, empezó el partido, el Gato volvió a humillar a su rival y el Procurador me mandó llamar.

 

Las normas… Las normas crean orden, paz, equilibrio. No deben entenderse, sólo obedecerse. ¿Crees que a mí no me incomoda cada mañana dejar que los depiladores hagan su trabajo? Incluso a mi debe incomodarme el cumplimiento de la ley. Podríamos permitir tecnologías para eliminar el vello permanentemente, pero no. Quiero que cada persona de este planeta recuerde constantemente que soy yo quien manda. Incluso yo me depilo para recordarlo.

Y llegas tú, retándome. Poniendo en duda mis normas, mi poder. Me divierte cuando humillas a los otros jugadores, cuando te ríes de mis ministros. Pero la ley sin vello es mi ley. Con ella os recuerdo que fui yo quien trajo la paz a este planeta. Quiero que te depiles. Diremos que no pudiste por la medicación de tu recuperación, pero en el próximo partido tu cuerpo volverá a ser liso.

No esperó respuesta, fui invitado a desalojar los aposentos del Procurador. En la residencia me habían trasladado de mi habitación soleada a un cuarto interior sin ningún tipo de lujo, sin mi lector. El resto de jugadores dejaron de dirigirme la palabra en público. Alguno me daba su apoyo en privado. Tenían miedo, era obvio que nadie se acercaría a mí hasta que me depilase. No querían que la ira del Procurador les afectase a ellos. Respetaba su decisión, no era fácil vivir en ese mundo, ser jugadores de PadelZero les daba cierta seguridad y yo la estaba arriesgando.

Quedaban tres días para mi siguiente partido, y no sabía qué hacer. ¿Sobrevivir a qué precio? ¿Morir con dignidad para qué?

 

Pensaba en Clarke, en el Centinela, en su moraleja. Y si yo debía ser eso, un centinela. ¿Y si mi desaparición fuera una llamada a la revolución? Algo que el Procurador no esperara. Algo que llegará más pronto que tarde. La interpretación del relato de Clarke era algo forzada, creo. Sería un héroe, pero no sé si quiero serlo. O sería un imbécil que moriría por una barba. Pensaba eso mientras los depiladores me esperaban, en los vestuarios del estadio.

Jugando al PadelZero aprendes que los mejores golpes no son los que lanzas a la pared interior de la esfera evitando a tu oponente, sino los que le lanzas a él y que no puede devolver. Así que me vestí e hice llamar a alguien para que me entrevistara para la holovisión, pero debía retransmitirme en directo, justo antes del partido. Que el Procurador me hubiese amenazado no era conocido por el público, a sus ojos seguía siendo su favorito y mis deseos eran tomados como si fueran del mismo dictador.

  • Y bien Gato, vemos que sigues con esa barba. ¿Aún sigues medicado por tu lesión?
  • Verás, era así, pero le pedí al Procurador que me la dejara mantener. Le propuse una apuesta y él aceptó. Podré saltarme la ley del vello siempre y cuando siga siendo imbatible. Cuando caiga en la esfera, caerá mi vello y dejaré de jugar para siempre. Diría más, el día que pierda, dejaré la Tierra y me iré a Marte, a trabajar en las minas, o el trabajo sucio que el Procurador decida darme tras perder mi apuesta.

Miraba directamente a la cámara. Miraba al Procurador. El chico no sabía que más preguntarme y la escena quedó en silencio. Volvió a enmudecer al estadio, incluso diría que a todo al planeta, hasta que arrancaron los aplausos y vítores con mi nombre. El Procurador no se atrevería a acabar conmigo, al menos en ese momento.

Se jugó el partido. Gané, sabiendo que a partir de ese momento, cada vez que entrara en la esfera podría ser la última vez. Y daba por hecho que se esforzarían en que perdiese, en lesionarme, en hacer trampas, o hallar en los territorios exteriores algún chico inquieto y vengativo con ganas de humillar al número héroe del PadelZero.

 

Las minas de Marte no son tan temibles ni tan oscuras como las describían. Hay comida tres veces al día y la menor gravedad del planeta hace el trabajo mucho más fácil. Es mejor eso que vivir sin hacer nada en el campo de refugiados. Es mejor esto que ser un juguete del régimen.

Jugábamos el tercer set e íbamos empatados a veinte puntos. Ese chico del que no recuerdo el nombre había llegado como la nueva gran promesa. No sé qué le habían prometido, pero me miraba con rabia y odio, como si cada pelota que devolvía fuese un cuchillo. Tomó ventaja y estaba a sólo un golpe de ganarme.

La pelota se metió entre mis piernas, sólo tenía que curvar la espalda hacia atrás y mover el brazo lateramente para devolvérsela. Pero no lo hice. Me había cansado. Para qué, me preguntaba. Mi barba, ya de más de seis dedos, había dejado de ser relevante. Mi guerra particular contra el Procurador estaba perdida. Yo no acabaría con todo eso. Estaba derrotado, y dejé que el chico me venciera.

Salí tranquilo de la esfera, dejé que me depilaran ante las cámaras, para regocijo del Procurador que, en la holovisión, recordó nuestra apuesta y mi inminente salida a Marte, aprovechando la ventana aun abierta.

Pensé que no llegaría nunca aquí, que un disparo silencioso acabaría conmigo, pero no fue así. Puede que alguien pensara que la muerte era un castigo demasiado fácil, pero Marte no ha sido peor.

No espero vivir muchos años, la mina es cruel, pero, por primera vez, creo que vivo en paz y que siento algo cercano a la felicidad. Con la barba, con el lector que alguien metió, de escondidas, en mi petate al dejar la Tierra.

 

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